La semana arranca con dos variables que compiten por la atención del mercado y que, en el fondo, se retroalimentan.
Irán y Estados Unidos volvieron a intercambiar ataques aéreos durante el fin de semana, con Teherán atacando instalaciones estadounidenses en varios países del Golfo y declarando el Estrecho de Ormuz cerrado.
La respuesta en los precios fue inmediata: el Brent saltó hasta los 79 dólares por barril, subiendo casi un 4%, deshaciendo parte del alivio que había traído el breve coqueteo con un alto el fuego la semana pasada.
Los futuros de Wall Street abrieron la jornada del lunes a la baja en los tres grandes índices, con el Nasdaq especialmente presionado: las acciones de memoria se desplomaron, arrastrando al Kospi un 9% y activando una parada técnica del mercado surcoreano ante el temor de que el rally del AI en la región se hubiera extendido demasiado.
El telón de fondo geopolítico no es nuevo, pero el escalamiento del fin de semana lo devuelve al primer plano justo cuando el mercado más necesitaría oxígeno.
Lo que hace este momento especialmente tenso es la confluencia de ese riesgo externo con un perfil macro que ya de por sí no admite mucho margen de error. Con un CPI en el 4,27% y los Fed Funds en el 3,63%, los tipos reales siguen siendo negativos, lo que ha sustentado el apetito por renta variable. Pero
las actas de junio de la Fed llegaron marcadamente hawkish, con los funcionarios señalando una inflación más persistente de lo esperado atribuida a los aranceles, el conflicto en Oriente Medio y la demanda ligada a la inteligencia artificial.
Los futuros del mercado descuentan ya un 61% de probabilidad de una subida de tipos en septiembre, según la herramienta CME FedWatch.
Con la curva 10Y-2Y en apenas 35 puntos básicos y el bono a diez años rondando el 4,54%, el Tracker sigue señalando expansión tardía, pero la ventana para que ese ciclo continúe sin perturbaciones se está estrechando.
Para el posicionamiento de medio plazo, la semana que viene es una de esas que actúa como test de estrés en tiempo real.
Se espera que las empresas del S&P 500 publiquen un crecimiento del beneficio del segundo trimestre del 24%, lo que supondría confirmar que la narrativa alcista sobre resultados sigue intacta. Eso importa porque, como señala BMO Capital Markets, prácticamente toda la rentabilidad del S&P 500 en términos interanuales está ligada al crecimiento de beneficios y no a una expansión del múltiplo.
Si los grandes bancos decepcionan en márgenes de interés neto o en calidad del crédito, ese argumento se debilita de golpe.
La lógica que mueve los precios ha pasado de centrarse únicamente en el potencial de la IA a una evaluación más compleja de la trayectoria de la política monetaria y la sostenibilidad de los márgenes corporativos.
En ese contexto, los sectores con mayor peso en la fase actual del Tracker, financiero e industrial, están en el ojo del huracán esta semana, no como amenaza, sino como árbitros.
El calendario de los próximos días concentra los catalizadores más importantes del trimestre.
El martes llega el CPI de junio, el testimonio ante el Congreso del presidente de la Fed, Kevin Warsh, y los resultados de JPMorgan, Bank of America, Goldman Sachs, Wells Fargo y Citigroup.
Warsh comparece por primera vez en el Capitolio desde su nombramiento, y cualquier señal sobre la disposición del comité a subir tipos en septiembre moverá bonos y divisas antes de que acabe la mañana.
Los analistas de Barclays esperan que el titular del IPC caiga desde el 4,2% hasta el 3,8% por el menor precio de la gasolina, pero anticipan que el IPC subyacente seguirá subiendo un 0,26% mensual, aunque este sería un dato sostenible al menos a corto plazo.
Si el dato decepciona al alza, el escenario de una Fed que sube en septiembre pasará de probabilidad a consenso, y el mercado tendrá que re-preciar todo el tramo corto de la curva.
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