Muchas veces en el mercado vemos movimientos que no parece tener convicción. Sin embargo, algunos activos suben o bajan con una insistencia digamos que cuando menos es extraña. No hay datos específicos, no hay macro, no hay catalizador. No hay esa sensación de que alguien grande está comprando de verdad. Y aun así el precio sigue con ese empecinamiento en su movimiento.

La explicación normal es echar la culpa al “momentum” o a los flujos. La explicación más profunda y compleja es que parte de ese movimiento no viene de alguien que quiera estar largo o corto. Viene de personas o instituciones que no los queda más remedio, por que simplemente no quieren perder dinero. Y esa gente vive, en gran parte, en el mercado de opciones.

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Imagina que compras una “call” (Ya explicaremos, que es, como y para que se usa), claro que como podrás imaginar, para que tu la compres alguien tiene que vendértela. Esa contraparte no está apostando a que el precio suba. Está asumiendo lo contrario y tomando el riesgo opuesto. Para no quedar expuesta si el mercado sube de verdad, se cubre comprando el activo real. Explicación para “dummies”, si compras un “call” de Adobe, oseá apuestas a que su precio baje, compras acciones de Adobe, para cubrirte si este le da por subir y tu opción te “sale cara”. Hasta ahí todo está controlado, pero el problema aparece cuando el precio comienza a moverse con fuerza.

Cada vez que el subyacente sube, la “call” que te vendió se vuelve más cara. Desde su perspectiva, se vuelve más peligrosa. Su cobertura ya no es suficiente. Tiene que comprar más. Si el precio sigue subiendo, vuelve a quedar corta de cobertura y tiene que comprar aún más. Ese ajuste constante y cada vez más agresivo genera el famoso efecto de realimentación, que en su versión más intensa se vuelve “squeeze” o “gamma squeeze”.

Con las “puts” pasa algo similar, pero en sentido opuesto. Si el mercado cae con fuerza, quien te vendió la “put” se ve obligado a vender más activo para mantenerse cubierto. Otra vez el mismo proceso: el movimiento obliga a un ajuste, y ese ajuste alimenta el movimiento.

Por eso, cada vez que alguien compra opciones, ya sea con mentalidad de lotería o no, hay una contraparte que se queda con el riesgo opuesto. Esa contraparte no está ahí para validar tu tesis y está parada sin hacer nada… está ahí para manejar una exposición que cambia con cada movimiento del subyacente. Y es aquí donde entra el concepto que casi nadie quiere ver: gamma.

Gamma mide la rapidez con que cambia la necesidad de cobertura. Algunos pueden pensar que es un número abstracto. Pero en realidad, es lo que obliga a la contraparte a comprar o vender el activo real de forma casi automática.

Cuando el precio sube, la cobertura que tenían ya no es suficiente. Tienen que comprar más, para protegerse de lo que perderían con las opciones y cuando el precio baja, la cobertura se les queda grande. Tienen que vender más.

Cuanto más se mueve el precio, más rápido cambia esa necesidad. Y cuanto más rápido cambia, más agresivo se vuelve el ajuste. El movimiento se alimenta a sí mismo. No porque haya una tesis sólida detrás, sino porque el sistema está diseñado para que la cobertura se vuelva más exigente justo cuando el precio ya se está moviendo.

En algunos momentos, este efecto actúa como un acelerador. Cualquier pequeño impulso se convierte en una carrera en la que el que deja de acelerar pierde, y el que acelera demasiado se choca. El mercado se pone nervioso, exagera y genera esos tramos limpios, esas grandes velas, que después justificamos con historias de flujo institucional o rotación de capital.

En otros momentos, hace lo contrario. Frena. Amortigua. Convierte lo que debería ser una ruptura clara en un avance a trompicones, por tramos, como si el precio tuviera que pedir permiso en cada nivel. Lo vemos testeando cada nivel de liquidez y a veces parece que el movimiento se esté agotando. El mismo mecanismo que antes impulsaba el movimiento, ahora lo frena.

La ironía es dura: una parte importante de lo que llamamos comportamiento del mercado no es el comportamiento de nadie. Es el residuo de mucha gente cubriéndose el culo al mismo tiempo. Y algunas veces, en lugar de admitirlo, le añadimos narrativas de convicción para que el gráfico no nos deje tan mal. No significa que esas narrativas no sean ciertas, pero muchas veces no explican todo.

No es magia negra ni conspiración. Es simplemente un sistema que se muerde la cola, y al que después le inventamos cierta personalidad, para enojarnos con el o lo convertimos en “deidad” o “el chinito” o similar.

Si este tema te interesa y quieres que lo profundicemos un poco más, mostrando cómo las opciones terminan empujando o frenando al mercado de forma práctica y sin romanticismo, dímelo en los comentarios. Incluso de aquí puede salir una serie nueva para el último trimestre sobre opciones… ¿te imaginas?

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Rafael González Bautista

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