Sabéis que es mi estilo, explicar cosas complejas de una forma sencilla, aunque hay a veces ciertos límites. Y es que hay una forma bastante buena de detectar cuándo una explicación económica se ha simplificado demasiado es cuando cabe entera en una frase y todo el mundo la repite sin cuestionar que significa, quien la dijo y bajo que parámetros. Podríamos hacer casi una serie de, frases económicas que no significan lo que crees…
Con la Ley de Gresham pasa exactamente eso.
“La moneda mala expulsa a la buena.”
Hay que reconocer que la frase es buena. Tiene ritmo, se recuerda fácilmente y da esa agradable sensación de haber entendido algo importante en seis palabras y que la repetirla eres más listo que el resto. El problema aparece cuando uno se cruza con la Ley de Thiers, que viene a decir justo lo contrario: que la moneda buena acaba expulsando a la mala.
Y entonces conviene hacerse una pregunta bastante incómoda.
¿Cómo pueden ser ciertas las dos?
La respuesta es más interesante que la contradicción, porque Gresham y Thiers no describen dos comportamientos humanos opuestos. Describen, en realidad, casi el mismo comportamiento bajo dos sistemas monetarios distintos y esto no es más que el principio de la historia. Vamos al lio.
Gresham no va de monedas malas. Va de precios mal puestos
Thomas Gresham fue un comerciante y financiero inglés del siglo XVI que trabajó para la Corona Británica en un momento en el que Europa llevaba ya bastante tiempo descubriendo una de esas cosas que los gobiernos parecen empeñados en redescubrir cada cierto número de generaciones: cambiar el valor nominal de algo no cambia necesariamente su valor real.
En aquella época podían convivir monedas que oficialmente tenían el mismo valor, aunque unas contuvieran más metal precioso que otras. Si una moneda tenía más plata y otra menos, pero ambas servían exactamente igual para pagar una deuda, la decisión del ciudadano era bastante previsible.
Entregaba la peor.
Y se quedaba con la mejor.
No hacía falta conocer a Gresham, estudiar economía monetaria ni tener un especial ojo clínico por los desequilibrios del sistema. Bastaba con entender que, si puedes pagar una libra entregando una moneda que vale menos metal, no existe un gran incentivo para desprenderte de la que vale más.
Cuando todo el mundo hace lo mismo, la consecuencia acaba apareciendo sola: las monedas de peor calidad siguen circulando, mientras que las buenas se guardan, salen del país o directamente se funden.
De ahí aquello de que la moneda mala expulsa a la buena. La expulsa del intercambio, de la circulación, pero no la elimina.
Pero hay un detalle fundamental que suele perderse por el camino: Gresham funciona porque existe una relación de valor impuesta que no refleja correctamente lo que el mercado piensa de ambas monedas.
Ese es el verdadero corazón de la ley.
No basta con que exista una moneda “buena” y otra “mala”. Tiene que haber alguna regla que obligue a tratarlas como si fueran equivalentes, o que mantenga entre ambas una relación artificial.
Dicho de otra manera, Gresham no nos está contando únicamente qué dinero preferimos. Nos está contando qué ocurre cuando alguien decide que dos cosas distintas deben valer lo mismo.
La historia económica está llena de momentos maravillosos construidos sobre esa idea.
Y entonces llega Thiers y parece cargarse todo lo anterior
La llamada Ley de Thiers plantea el fenómeno contrario: cuando dos monedas pueden competir y una empieza a perder suficiente credibilidad, la moneda considerada mejor puede acabar desplazando a la peor.
Pensemos en un país donde conviven una moneda local y el dólar, pero donde el tipo de cambio entre ambas puede moverse.
Al principio no tiene por qué ocurrir nada dramático. La gente cobra en moneda local, compra comida en moneda local, paga impuestos en moneda local y, cuando consigue ahorrar algo, convierte una parte en dólares. Esto en si mismo no es aun una revolución monetaria. Es simplemente una población intentando que los ahorros sobrevivan mejor que el sueldo.
El asunto empieza a cambiar cuando la pérdida de confianza avanza.
Primero las viviendas y ciertos bienes de consumo, normalmente los de más valor o los que dependen directamente de importación se empiezan a valorar en dólares. Después aparecen contratos que también se expresan en dólares. Algunos proveedores prefieren cobrar en dólares. Las empresas empiezan a pensar en dólares aunque sigan facturando en moneda local y, llegado cierto punto, determinadas transacciones dejan de tener sentido si no se realizan directamente en la moneda fuerte.
Lo que había empezado como una preferencia de ahorro termina afectando a las demás funciones del dinero.
Y ahí sí sucede algo importante: la moneda buena deja de estar escondida en una cuenta o debajo del colchón y empieza a circular.
La mala, en cambio, empieza a ser rechazada.
Eso es Thiers.
Pero entonces, ¿son realmente leyes opuestas?
Aquí está la parte que me parece más interesante de todo el asunto. Y es que en ambos casos, las personas hacen básicamente lo mismo.
Prefieren conservar aquello que consideran mejor dinero y desprenderse de aquello que consideran peor.
La conducta no cambia.
Lo que cambia son las reglas.
En Gresham, si dos monedas están obligadas a circular bajo una relación que el mercado considera falsa, nadie quiere entregar la buena. La mala sigue utilizándose precisamente porque puede hacerlo en condiciones artificialmente favorables.
La buena desaparece de circulación.
En Thiers ocurre algo distinto. El mercado puede expresar esa diferencia de calidad mediante el precio y, además, quien recibe el dinero puede empezar a exigir la moneda que considera mejor.
Entonces la mala ya no tiene garantizado su uso.
Y acaba siendo desplazada.
Por eso llamar a ambas leyes “inversas” es correcto si miramos únicamente el resultado final, pero resulta bastante engañoso si miramos el comportamiento que hay debajo.
Podríamos resumirlo así.
En Gresham:
“Si me obligas a tratar dos monedas distintas como si fueran iguales, te pago con la peor.”
En Thiers:
“Si me dejas elegir qué moneda quiero recibir, acabaré pidiéndote la mejor.”
La persona es la misma. La preferencia es la misma, pero lo único que ha cambiado es la capacidad del sistema para expresar esa preferencia.
Argentina ayuda bastante a entenderlo
Argentina es un ejemplo especialmente útil porque permite observar distintas fases del problema sin necesidad de irnos muy atrás en la historia o recurrir a sestercios romanos ni el real de a 8 español.
Durante la convertibilidad de 1991 a 2002, el peso estaba ligado al dólar mediante una paridad fija. Mientras esa relación era creíble, el sistema podía funcionar con bastante normalidad. El problema aparecía cuando el mercado empezaba a pensar que ambas monedas ya no merecían ser tratadas como equivalentes.
Si puedes cancelar una obligación (traducido para todos pagar una deuda o hacer un pago) utilizando pesos o dólares bajo una relación fijada y consideras que los dólares son más valiosos, la decisión resulta bastante sencilla: gastas pesos y conservas dólares. En ese paradigma, la lógica de Gresham aparece inmediatamente.
Pero una vez desaparece esa paridad artificial, la historia cambia. Si el dólar cotiza libremente frente al peso y empieza además a utilizarse para fijar precios, ahorrar, contratar o realizar ciertas transacciones, ya estamos entrando en una dinámica diferente.
El dólar no está desapareciendo porque la gente quiera guardarlo, sino que está empezando a ocupar funciones que antes correspondían a la moneda local.
Ahí la lógica se parece mucho más a Thiers.
Y ese cambio es importante porque explica algo que a veces se interpreta mal: un mismo país puede pasar de una dinámica cercana a Gresham a otra cercana a Thiers sin que la población haya cambiado de opinión sobre cuál de las dos monedas considera mejor.
Lo que cambia es el régimen monetario.
Y sí, aquí acaba apareciendo Bitcoin
Como casi siempre que hablamos de dinero y como saben de mi interés por este activo, tarde o temprano alguien termina metiendo Bitcoin en la conversación.
“Yo gasto euros y ahorro Bitcoin. Gresham.”
Ahí es donde discrepo… no necesariamente.
Si utilizas euros o dólares para pagar y compras Bitcoin porque esperas que se revalorice, eso puede ser simplemente una decisión de inversión. También puedes gastar euros y comprar oro, acciones o un piso sin necesidad de resucitar o traer a colación a ningún economista del siglo XVI. Claro que como estamos en un país que explica cada cosa que ocurre, por quien gobernaba hace 80 años, esto es tentador…
Perdón, que me desvío… la cuestión empieza a ser monetariamente interesante cuando un activo empieza a competir por las funciones del dinero.
Si una parte creciente de la población no solo ahorra en Bitcoin, sino que empieza a querer cobrar en Bitcoin, fijar precios en Bitcoin, hacer contratos en Bitcoin o utilizarlo directamente como medio de intercambio, entonces la naturaleza del fenómeno cambia.
Hay además una ironía difícil de ignorar cuando metemos a Bitcoin en esta conversación. Satoshi Nakamoto no presentó Bitcoin como “oro digital” ni como un activo para guardar diez años esperando que se multiplicara su precio; el propio título del white paper hablaba de un sistema de dinero electrónico entre pares, pensado para permitir pagos directos sin necesidad de una entidad financiera intermediaria. Casi dos décadas después, ese objetivo original se ha cumplido solo de forma parcial: Bitcoin puede utilizarse para pagar, pero su uso dominante se parece mucho más al de una reserva de valor, un activo especulativo o una inversión de largo plazo que al del dinero con el que compramos el pan. Y aquí Gresham y Thiers vuelven a resultar incómodamente útiles, porque quizá una de las razones sea precisamente que mucha gente considera BTC demasiado valioso, o con demasiado potencial de apreciación, como para gastarlo o pagar con él en el consumo del día a día.. Satoshi quería crear dinero que circulase; una parte importante del mercado ha decidido, por ahora, que prefiere guardarlo.
Si se usara para esto, ya no estaríamos hablando simplemente de una preferencia patrimonial, sino que estaríamos hablando de competencia monetaria.
Y ahí Thiers es donde se podría aplicar con mayor autoridad.
Lo mismo podría ocurrir entre dólar y euro, por cierto. Que EUR/USD suba o baje no tiene nada que ver con Thiers. Eso es simplemente un tipo de cambio moviéndose. Pero si dentro de una misma economía la gente empieza a abandonar una moneda para ahorrar, contratar, cobrar y fijar precios en la otra, entonces sí estamos viendo cómo una moneda comienza a desplazar funcionalmente a la otra.
La diferencia parece pequeña, pero no lo es.
Al final, la pregunta siempre es la misma
Cuando hablamos de dinero solemos fijarnos mucho en quién lo emite, qué banco central lo respalda, cuál es su tipo de interés o qué dice la legislación. Bueno, eso es lo que deberíamos hacer, si fuéramos un poco críticos con el sistema monetario y no borregos que ya han metido dentro de un cómodo establo.
Y es que de verdad, todo eso importa.
Pero al final hay una pregunta bastante más básica que termina decidiendo muchas cosas:
¿qué dinero quiero entregar y qué dinero quiero recibir?
Gresham y Thiers no son realmente dos historias distintas, lo que sí son dos respuestas posibles a esa misma pregunta cuando cambian las reglas del juego que normalmente impone un estado.
Si alguien impone una equivalencia que el mercado no cree, la moneda mala tenderá a circular y la buena a desaparecer.
Si el mercado puede elegir y la pérdida de confianza es suficientemente grande, la moneda buena puede acabar ocupando el espacio de la mala.
Así que quizá la forma más útil de recordar ambas leyes no sea pensar que una dice blanco y la otra negro sin más bien diría que cuentan la misma historia desde dos lados diferentes.
La gente siempre sabe bastante bien qué dinero quiere quedarse.
Y por si faltaba una última ironía, ni Gresham formuló exactamente la Ley de Gresham ni Thiers dejó escrita la Ley de Thiers tal y como hoy las repetimos. Sus nombres llegaron después, porque a los economistas también les gusta poner etiquetas retrospectivas y fingir que la historia siempre estuvo perfectamente ordenada… como cuando explican a toro pasado, por que cayo ese activo o que decisiones de la Fed fueron equivocada. Este artículo se me ocurrió, tras ver en un vídeo de una creadora que admiro por como explica las cosas, pero que equivocaba citaba la ley de Gresham cuando precisamente se quería referir al efecto que Thiers describía. Es por eso, que conviene seguir leyendo, contrastando y dudando incluso de las frases que parecen demasiado redondas. Si algo merece la pena aprender de todo esto no es solo qué dice cada ley, sino no dejar de hacerse preguntas cuando una explicación parece demasiado fácil.
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