La Regla de Taylor se equivoca de diagnóstico en el escenario macroeconómico actual. Trata un shock de costos, sobre todo energética, como si fuera un simple exceso de demanda. Eso no encaja con la realidad… pero espera que me meto en el lío sin dar los pasos correctos. Vamos por el principio.

La Regla de Taylor es una fórmula que muchos, y por mucho tiempo, lo usan como brújula: si la inflación está por encima del objetivo o la economía crece por encima de su potencial, hay que subir tipos; si ocurre lo contrario, bajarlos. El problema es que parte de una premisa concreta: que la inflación viene sobre todo de “demasiado dinero persiguiendo pocos bienes”. Es decir, de un exceso de demanda. Cuando la inflación llega por otro canal, la receta automática pierde el blanco o al menos hierra en la dosis.

Pero para diagnosticar hay que volver a 2020. No a la fórmula teórica, sino a lo que ocurrió de verdad.

Venga recordemos que paso. Primero se cerró la oferta. Confinamientos, fábricas paradas, puertos congestionados, chips que no llegaban, gente que no podía trabajar. Al mismo tiempo se rotó el gasto: menos servicios, más bienes. Esa combinación ya de por sí, era inflacionaria. Encima llegó la energía. La recuperación global tensó algo el petróleo y gas, aunque moderadamente ya que la recuperación de China no llegaba, pero lo que si llegó fue la invasión de Ucrania en 2022. Esto disparo el coste de petroleo y gas. No fue eso de que “la gente está comprando de más”. Es un choque de costos que se cuela en envíos, alimentos, electricidad y claro en un mercado laboral competitivo al que se filtro (en algunos países), en salarios y servicios.

Y claro si sumamos la situación de ahora con Irán no hace todo más que complicarse y añadir nuevas guindas a un pastel cada vez más difícil de tragar.

Pero no fue solo oferta. Los gobiernos abrieron el grifo como si no hubiera mañana. Cheques, ERTE eternos, rescates, planes de recuperación, crédito barato y bancos centrales comprando deuda a mansalva. No digo que este mal, ya que parte de eso evitó un colapso en 2020. El problema es lo que vino después: el gasto de emergencia no volvió a casa. Se quedó y se convirtió en estructural. Déficits altos con la economía ya no en coma. Deuda pública global cerca del 94% del PIB y camino del 100%. Estados Unidos, en pleno empleo, sigue con agujeros fiscales de 7-8% del PIB. Europa, con el mismo vicio a otra escala. La cartera se abrió y los políticos hicieron lo que mejor hacen… gastar. Y así el Estado no gastó “un rato” se instaló en gastar.

Ahí está el origen híbrido de esta inflación: oferta rota + energía cara + demanda dopada por tesoros públicos y dinero fácil. Quien diga que fue “sólo Putin” miente por omisión o por interés. Quien diga que fue “sólo el estímulo” también. Fueron las dos cosas. Sobre la segunda habría control, y la segunda no se ha ido.

La Regla de Taylor no está hecha para ese cóctel. Como decíamos, en esencia es una brújula: si la inflación supera el objetivo o la economía corre por encima de su potencial, sube tipos; si ocurre lo contrario, bájales. Y conviene recordarle que funciona cuando el problema es demanda pura: demasiado gasto persiguiendo pocos bienes. Es entonces donde encarecer el crédito enfría consumo e inversión y los precios ceden. Pero cuando una parte grande del problema es de costos, apretar la demanda con la misma intensidad que dicta la fórmula no ataca la raíz. Puede enfriar la economía más de lo necesario y, aun así, dejar viva la presión que viene de energía, cuellos de botella y esto es lo que no se quiere decir, de un sector público que no para de emitir demanda y más en un momento donde la presión fiscal no ha dejado de crecer.

Por eso el escenario pide un modelo híbrido. No vamos a tirar la regla a la basura. Se usa como referencia y luego se ajusta con criterio. La pregunta deja de ser “¿qué número sale en la fórmula?” y pasa a ser “¿qué riesgo corro si me equivoco?”. Equivocarse por el lado restrictivo cuesta crecimiento y empleo. Equivocarse por el lado laxo cuesta inflación persistente y credibilidad. Gestionar esos dos riesgos, y no seguir una ecuación a ciegas, es el trabajo que tal vez tenga que salir de la ortodoxia donde algunos bancos centrales se han instalado.

Ahí entra el QT, el endurecimiento cuantitativo. Los tipos no son la única palanca. El banco central también decide cuánto y a qué ritmo reduce su balance: deja de reinvertir bonos que vencen y retira liquidez… vamos como alimenta y de que la famosa hoguera. Si lo hace demasiado rápido, tensa la deuda y dispara primas de riesgo. Si lo hace demasiado lento, mantiene condiciones holgadas mientras el discurso dice “restrictivo”. Calibrar el QT es tan importante como el nivel de la tasa. Sobre todo cuando el mayor cliente del mercado de bonos es el propio Estado.

Porque el telón de fondo es este: deuda alta y riesgo de dominancia fiscal. Cada punto de tipos encarece el servicio de esa deuda. En el extremo, el gobierno, con números o con presión política, empuja al banco central a no subir tanto o a recortar antes de tiempo. La política monetaria deja de ser independiente. Deja de ser un árbitro y se convierte en el departamento de refinanciación del Tesoro. Un Estado mínimo no pide eso. Un Estado mínimo cubre defensa, justicia y un suelo muy estrecho; no vive de que el banco central le maquille el déficit. Cuando el gasto público va desatado, pedir tipos bajos “para no ahogar la recuperación” es, en la práctica, pedir que la inflación pague la fiesta. Claro que estamos muy lejos de esa utopía de un Estado mínimo.

¡¡¡¡ Minarquistas del mundo, Uníos!!!!

Si vamos a seguir aplicando la regla clásica, se techo de tasas termina será más alto de lo que la visión hibrida podría dar. Eso sería un ancla: mercados y gobiernos tienen que entender que no se va a ceder a la primera señal de debilidad para salvar el gasto político del año.

Eso implica un sacrificio consciente, pero no un sacrificio único ni ciego. Para que la inflación de fondo baje de forma creíble, parte de la economía tiene que enfriarse. No hace falta una recesión de manual. Sí una desaceleración controlada del PIB. El punto híbrido es cómo se reparte ese coste: no todo por la tasa, no todo aplastando demanda privada mientras el Estado no se mueve. Si el gobierno sigue gastando como en emergencia, el banco central se ve arrastrado a un trade-off o aun peor a endurece de más o convive con una inflación que no termina de morir. Quien quiera menos tipos y menos dolor en el PIB tiene que hablar, antes, de menos Estado en el gasto.

La condición previa a cualquier relajación sigue siendo la misma. No basta con que el IPC general baje un poco porque la energía ya no sube al ritmo de 2022. Hay que ver que el core, alimentos y energía fuera, la inflación que se mete en salarios y servicios, converge de forma sostenible hacia la meta. Mientras eso no ocurra, abrir espacio a bajar tipos es prematuro y claro frenar el QT para “compensar” al Tesoro es la misma capitulación sólo que con otro nombre.

En mi opinión, creo que la fórmula automática no sirve cuando el choque empezó en la oferta, se agravó con la energía en distintos escenarios y se alimentó con unos Estados que no ha vuelto a su tamaño. La respuesta no es “solo más tasas”. Es un híbrido: gestión de riesgos, calibración del QT, una señal de techo terminal que no invite a recortar pronto, y la honestidad de que sin contención fiscal el banco central trabaja con una mano atada. El objetivo no es castigar la actividad. Es que la inflación de fondo quede controlada sin convertir la política monetaria en el único ajuste de un gobierno que no se ajusta. Solo entonces tiene sentido hablar de flexibilizar.

P.D. Este un artículo de opinión basado en mis ideologías y experiencia. Nada me haría más feliz que encontráramos en los comentarios un punto de discusión siempre basada en el respeto que me de otros puntos de vista de un problema que nos esta afectando a todos, cada día más. El empobrecimiento de la clase media, ya sea programado o accidental, me parece el ejercicio más peligroso y que terminará destruyendo parte del sistema social e incluso la convivencia. Ojala me equivoque, pero si no… tiempo al tiempo.

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Rafael González Bautista

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